Líneas de una antigua historia inconclusa. Espero que lo disfrutéis :)


"Lo menos frecuente en este mundo es vivir. La mayoría de la gente existe, eso es todo."



Tras las ventanas tintadas del automóvil, el paisaje se desdibujaba ante mis ojos, creando inconexas y difusas líneas que variaban su intensidad en una escala indefinida de grises. No había que detenerse a pensar demasiado para llegar a la conclusión de que, fuera de aquellos cristales ennegrecidos, la gama cromática real no presentaba una mayor diferencia. Era otra mañana plomiza, grisácea, como muchas otras más. El ambiente estaba cargado de esa humedad característica de la estación invernal y encharcaba de algún extraño modo mis pulmones. EL ruido del motor, apenas perceptible por lo habitual, estaba logrando levantarme dolor de cabeza. Estaba muy irritable, lo sabía, y tenía mis motivos para estarlo.

El coche se detuvo en frente de su destino, un alto edificio de las afueras, de piedra ennegrecida a causa de del clima. El ruido cesó, el encharcamiento de mis pulmones empeoró. Ahora lo que taladraban mis tímpanos era el sonido de unas pulsaciones que era incapaz de controlar.

Me observé a través del espejo que Joseph ajustaba en ese mismo instante para poder observarme. A pesar de encontrarme alterada, la frialdad de mis ojos se mantenía indemne. No obstante, aquella sensación, aquel bombeo incesante en torno a mis sienes aumentaba. ¿Era ira? ¿O, más bien... miedo? ¿Nervios? No, no quería admitir lo que sabía que era cierto.

Las manos de mi chófer se fijaron en el volante, patentemente incómodo, planteándose si debería decirme algo. No le di la oportunidad. Sin mediar palabra, abrí la puerta y me enfrenté a las frías temperaturas de la mañana. Metí mis manos en los bolsillos de mi larga gabardina negra, resguardándome en ella de la rasca que me envolvía. El ruido del motor volvió a hacer acto de presencia. Se alejaba. 

Mi pelo, estratégicamente recogido, se balanceaba de manera pendular, trenzado, tras mi espalda, mientras con pasos decididos me encaminaba hacia la entrada del edificio. Subí los dos peldaños empedrados, húmedos, bajo el taconeo de mis botas. Alcé la mirada, topándome con el panel del listado de pisos, junto con sus respectivos timbres. En el 3ºA, donde bajo letras emborronadas por algún tipo de filtración de agua se podía entrever Nicholas Beltrat, estaba mi destino. Pulsé el timbre, que emitió un sonido estridente que hizo su eco en una calle que todavía parecía estar sumida en el letargo. Una indudable voz femenina me recibió con demasiada petulancia. Bastó decir mi apellido para que me permitiese la entrada.

La puerta se abrió con un sonido mecánico. Dentro, tan sólo había un recibidor ensombrecido y unas largas escaleras que subían en caracol hacia alguna parte. Resignada, comencé a subir.

Un camino largo, muy largo, pero que encontró su fin frente a una puerta de roble sobre la cual había colocado una placa de color cobrizo. Nicholas Beltrat, psicólogo. Decía. Llamé a un nuevo timbre. La puerta se abrió en menos de un minuto. La mujer que me había hablado abajo, a la cual ni me molesté en estudiar, me indicó que él me esperaba en su despacho, última puerta al fondo. Asentí.

Los latidos de mi corazón se volvían más bruscos por cada paso que daba. Tenía miedo, pero ¿miedo de qué? No me entendía ni a mí misma. Mi cabeza trabajaba a toda velocidad, barajando la posibilidad de dar media vuelta y matar el tiempo en algún lugar hasta que Joseph vuelva a buscarme justo hora y media más tarde. No obstante, toda idea se evaporó en mi cabeza cuando mi mano tocó el picaporte, lo movió y abrió la puerta. Entré.

–...


Dentro hacía frío. No me quité la gabardina pero obedecí. Tomé asiento justo enfrente de él.

–...

–Supongo que sí. Podría decirse que me encuentro bien. Oiga, ¿es necesario seguir con esto? Llevo dos semanas viniendo y no he experimentado esa mejoría de la que usted no para de hablarme.

–...

Oh, sí, claro, sólo la superficie. Hemos rascado más que la superficie, más bien, hemos hecho hoyos del tamaño de cráteres en mi memoria.


–...

– ¿Otra vez? ¿De qué narices sirve hablar otra vez de mi infancia?


–...

Resoplé. Tratando de acomodarme en la silla de piel, me dispuse a hablar. No me quedaba otra.


–Muy bien. Nací en 2029, en febrero, en la gran mansión Gólubev. Sí, la que se ve a mil leguas de distancia, simboliza el ego de mi padre.


–...


¿De qué serviría hablar de mi padre? - me envaré.

–...

– ¿Mi padre en mi infancia? No pinta demasiado, la verdad. Siempre ha sido un hombre de negocios, apenas estaba en casa. Las únicas veces que nos veíamos era a la hora de la comida. Se empeñaba en que comiésemos todos juntos como si fuésemos una familia perfecta, mi madre, mi hermana, él y yo. De aquella, cuando era niña, reconozco que me gustaba. Veía sonreír a mi madre y a la pequeña Katia y aquello me gustaba.


–...

–Sí, la adoraba. Pasaba casi todo el tiempo con mi madre. Había dejado de trabajar en cuanto se casó. Antes era diseñadora. No le importó dejar su trabajo, o eso me decía siempre que se lo preguntaba. Le gustaba coser cosas para nosotras, ¿sabe? Para mí y para mi hermana. Nos pasábamos prácticamente todas las tardes entre telas, alfileres y agujas. Recuerdo que me reía mucho con ella, me divertía, incluso aprendí a coser.

–...

–Oh, sí, terminé aficionándome a la costura. - Sin saber por qué, sonreía. - Pero también me gustaba dibujar y, al poco, me aficioné a la guitarra. Era pequeña, pero ya sabía tocar algunos acordes. Se lo enseñé a mi madre y quise enseñárselo a mi padre, pero...

–...



–Bah, nada. Como siempre, estaba ocupado. En fin, era una niña buena, dulce, feliz con su mamá, sacaba buenas notas en el colegio... No hay mucho más que contar, a decir verdad.


–...

–... Sí, bueno, la adolescencia es complicada para todos y no hable de ella como si ya la hubiese pasado. Después de todo sigo siendo una niña incomprendida y que va contra el sistema, ¿no?

–...

–Oh, claro, ahora nadie lo ha dicho. ¿Y por qué cree que estoy aquí? Es igual, sigamos y así terminaremos cuanto antes. El caso es que a medida que crecía las cosas no cambiaban demasiado. Continuaba pasando prácticamente todo el tiempo con mi madre, aunque trataba de mantener cierta vida social en el instituto. Aún así, ella era mi mejor amiga. En lo referente a los estudios, todo iba viento en popa. Mis notas eran excelentes, y las compaginaba con el equipo de baloncesto femenino. No, yo nunca fui de ponerme ese uniforme hortera de las animadoras. No, no es que no me gusten las faldas, es que mantengo algo de dignidad. Además, ¿a qué viene eso?

–...

–Ya claro, todo es relevante. Empiezo a pensar que a usted le gustan las jovencitas con minifalda. Eh, eh, tranquilo, era un comentario amistoso. - Al fin había conseguido anotarme un tanto. Sonreí burlonamente.

–...

De pronto, todo mi cuerpo se heló, mis músculos se tensaron y los latidos que antes había obviado volvían a taladrar mi cabeza. Tragué pesado, notando como algo me obstruía los pulmones y me impedía respirar con normalidad. De pronto llovía, a cántaros. Miré por la ventana inconscientemente y me alteré de manera considerable al comprobar que no caía ni una sola gota del cielo. No obstante, el goteo, el caer de la lluvia, resonaba en mi cabeza una y otra vez como un eco constante. Relámpagos centelleaban ante mis ojos, truenos ensordecedores ahogaban el bombeo de mi corazón... El teléfono volvía a sonar, ese teléfono que había tirado por la ventana desde el último piso de casa para no oírlo nunca más. Y volvía a sonar...


Su rostro vino a mi mente. Su sonrisa, su belleza. Los cabellos le caían por los hombros, azabaches, de un negro lustroso que yo siempre había alabado. Escuchaba su risa, sentía el calor de sus abrazos...


Y luego, como en una pesadilla, todo volvía a ser oscuro. De nuevo los truenos, la lluvia torrencial... El teléfono. Me veía a mi misma llorando. Me veía a mí misma tirada en el suelo, desgarrada de dolor. Escuchaba nuevamente la voz de ese médico al otro lado del auricular. "Cuando llegó, ya no estaba con vida..." Muerta... Estaba muerta. Estaba muerta y ni siquiera la pude ver una vez más, ni siquiera la pude ver una vez más por ese jodido reclamo de esa nueva compañía de moda. No la pude volver a ver, después de estar un mes esperando que regresase a casa y poder ver nuevamente esa sonrisa que me recordaba quién era y que todo tenía un sentido, porque la tenía a ella para ayudarme a encontrarlo, para apoyarme.


Gritos. Recuerdo que había gritado. No sé durante cuánto tiempo. Sé que cuando había ido al hospital había gritado. Volvía a sentir el agarre de los médicos, como las cuerdas vocales se tensaban en mi garganta como si los alaridos volviesen a resonar entre las paredes. Recordé a mi padre, llegando en el último instante antes de que retirasen el cuerpo a la morgue... Le pegué, le pegué con todas mis fuerzas como si fuese un combate de mis clases de kick boxing, como si fuese el puto saco de entrenamientos. Le pegué, y fue lo último que hice antes de que me echasen del hospital...


–...


–No, no quiero hablar de su muerte. - dije cortante, mordaz. Mi cuerpo se convulsionaba de manera alarmante.


–...


– ¡He dicho que no quiero hablar de ello!


Me incorporé. Descargué los puños sobre la superficie de madera de su escritorio, lancé su maldito cuaderno hacia la otra punta de la habitación. La sesión había concluido. Mi respiración era jadeante y frenética, me escocían los ojos; tenía que salir de ahí. Volviéndome sobre mis talones, comencé la carrera hacia la puerta. Farfulló algo, no sé el qué, pero no me volví. A mi paso, la secretaria o lo que fuese esperaba en su pequeña mesa. Sus ojos se dilataron sobremanera al ver mi marcha. No se atrevió a detenerme. Hizo bien.

Cerré la puerta de salida tras de mí de un brusco golpe seco. Bajé las escaleras de dos en dos, en unas cuantas ocasiones estuve a punto de abrirme la cabeza. Estaban resbaladizas o yo bajaba demasiado deprisa.

Estaba de nuevo fuera, en el exterior. Mis manos temblorosas rebuscaron en el abrigo hasta encontrar la cajetilla de cigarrillos. Saqué uno del paquete y me lo llevé a los labios. Tuve que realizar tres intentos antes de acertar a encender el mechero y prenderle fuego. Una larga calada, el humo que se dirigió en espiral hacia el cielo grisáceo que reinaba sobre mi cabeza. Respiré, tratando de hacer a un lado el repentino revuelo que se había amontonado en mi cabeza.


El móvil, sí, necesitaba el móvil. Lo recuperé del interior del bolsillo de la gabardina y marqué a una velocidad irreal un número reciente.

- James, ven a buscarme. - Era prácticamente una orden, pero no tenía tiempo para reparar en el tono de mi voz. - Tú sólo hazlo, ¿vale? Te deberé un favor. -Colgué.


La espiral de sucesos no había hecho más que empezar.


[...]

A partir de ese momento, justo cuando la línea se cortó bajo la presión de mi dedo sobre el botón rojo del teclado táctil, los recuerdos son difusos, borrosos, sueltos y sin un orden lógico. Recuerdo el derrape, ese primer derrape justo tras haber recorrido unos cuantos metros de la carrera en la que nos habíamos metido de lleno James y yo. Sabía que corría, quería correr con él y olvidarme de todo un rato. Mala idea.

Recuerdo sus gritos. Como repetía una y otra vez la misma frase mientras trataba de maniobrar. Los frenos, decía algo sobre los frenos... Luego, un gran estruendo. Un golpe fuerte, nuestros cuerpos sacudirse, una lluvia de cristales que me cortaban la piel a su paso. El metal que se doblaba como una hoja de papel. Sangre... Oscuridad. Luego, tan sólo sonidos. La sirena de la ambulancia, farfullos inteligibles del equipo médico, el rítmico caer del gotero del suero...


Luz.

Abrí los ojos y ya estaba tendida en la camilla del hospital. Rodeando mi muñeca derecha, sujetándola a una de las barandillas de la camilla, las esposas. Unos oficiales me comunicaron que habíamos matado a un hombre en el accidente. Me limité a asentir. Tenía la garganta seca y todavía estaba dispersa por los efectos del sedante. Tan sólo quería seguir durmiendo.


¿Era una pesadilla? ¿Todo aquello, desde la muerte de mi madre había sido una pesadilla? Sí. Era una pesadilla en la vida misma. La cuestión era que, si esa pesadilla está en la propia realidad, si ese mal sueño no termina abriendo los ojos...


¿Cómo se puede escapar?


[...]

IN THE MIDDLE OF THE NOTHING

CAPÍTULO 3: ODIO CUANDO ME VES LLORAR


- Ámber, ella es Lyssandra, es nueva y la estaba orientando un poco. Lyssandra, ella es mi hermana pequeña, Ámber.

- Encantada. - Trato de dibujar en mi faz una sonrisa entrañable, quizá, si lo hago, esos ojos desafiantes se tornen más cordiales.

- Ojalá pudiese decir lo mismo. - No podía estar más equivocada, sin duda. Con un último reojo desdeñoso, la chica se vuelve hacia su hermano, volviendo a mostrar una mirada cándida y ajena de malicia. - Nath, la directora te estaba buscando. Dice que quería consultar algo contigo antes de que entrases en clase.

Observo a Nathaniel, el cual no puede evitar fruncir el ceño, poniendo en duda, obviamente, las palabras de Ámber. Aún así, finalmente, asiente con lentitud; supongo que teme que, después de todo, la directora realmente pregunte por él y estar fallando a sus responsabilidades. Se vuelve hacia mí, dedicándome una última y cálida sonrisa. - Nos vemos más tarde, Lyssandra. Ánimo con las clases, te irá genial.

La figura del chico desaparece entre la multitud que ya se apelotona en las puertas de las respectivas clases, una marabunta mucho más densa, aunque también más lenta ahora que deben comenzar con el suplicio de la mañana. Tras dejar mi cazadora junto con el material extra en la taquilla, cierro la misma, volviéndome con la intención de entrar en el aula. Lo que no esperaba era volver a toparme con la cabeza rubia de Ámber. Ella sigue frente a mí, escoltada por esas dos muchachas que son las réplicas de su mirada furibunda. Da un paso al frente, hacia mí, recortando la distancia entre ambas y, sobretodo, clavando de manera más intensa y alarmante esos inmensos ojos, que parecen escupir fuego desde el fondo de sus pupilas. ¿Qué demonios le he hecho yo a esta chica?

- Así que eres amiguita de Nathaniel, ¿eh? - Cada una de las palabras las arrastra, semeja escupirlas con un asco solo superado por el que me dedica desde su ahora altanera mirada. -Te lo diré solo una vez, ya que eres nueva y puede que no estés al tanto de este tipo de cosas: ni se te ocurra acercarte a Nathaniel, ¿lo has entendido? No voy a dejar que mi hermano se junte con la primera inmundicia que se cruza en su camino.

Parpadeo, perpleja, sintiendo que, sencillamente, no puedo creer lo que oigo. Creo que, de tener la energía suficiente, me echaría a reír. Sin duda, esta tal Ámber se lleva la palma. - Creo que tu hermano dejó de usar pañales hace tiempo, ¿no? Al menos se le ve bastante crecidito. - comento, sin dejarme amedrentar. ¿Por qué debería? Arqueo ambas cejar, dedicándole una mirada condescendiente. - Él sabrá con quién debe juntarse. Que tú, sin embargo, no hayas superado la fase embrionaria... No es un problema que me concierna.

- ¿Qué? - Ni siquiera parece que haya entendido lo que he dicho.

- Digo, que si eres tan insegura que todavía dependes tanto de tu hermano y tienes miedo de que alguien te lo quite, no es mi problema. No tengo la culpa del crecimiento cerebral retardado. - No voy a ser yo la que se quede callada cuando comienzan a insultarme.

Su cara, sin duda, no tiene precio; comienza a tornarse roja por la pura furia, la rabia contenida al, supongo, no tener nada que responder, o no tener unas palabras que se escapen de las convencionales como "cállate, muerta de hambre". Sus amigas, por su parte, se limitan a formar en sus diminutas bocas una marcada "O".

- No sabes con quién te estás metiendo. - Gruñe la rubia, masticando las palabras. Sus dientes parecen chirriar de pura ira.

- Dicen que más vale una retirada a tiempo, Ámber. - me limito a decir, encogiéndome de hombros, alargando su nombre de manera deliberada. No tengo nada más que decir al respecto, así que me vuelvo, tan solo esperando que, lo que me espere dentro del aula no sea tan desagradable. Creo que a esto se le puede llamar no empezar con demasiado buen pie. Pero, he de admitir que ha conseguido que me sienta bien.

El juego ha comenzado.

*****

Creo que ahora mismo preferiría seguir soportando a Ámber.

Un centenar de ojos están fijos en mí con una atención abrumadora. Siento el corazón en la garganta, los latidos aumentar su frecuencia hasta resonar en mis propios tímpanos. Por algún extraño motivo, ser el centro de atención me está consumiendo. Desvío la mirada de los estudiantes, observando a mi profesor, el señor Farrés, tratando de transmitirle con mi mirada suplicante, que no hace falta ningún tipo de presentación. No parece prestarme ni la más mínima atención.

- Esta es Lyssandra Morrison. Se acaba de incorporar a las clases y será vuestra nueva compañera de aquí a fin de curso. - El hombre parece agradable, de verdad, semeja que es una de esas personas que realmente disfrutan con su trabajo como maestros. Pero, ahora mismo, solo puedo pensar en la necesidad que tengo de que me deje sentar de una maldita vez y hundirme en el anonimato. - ¿Quieres decirle algo a tus compañeros, Lyssandra? - ¿Enserio? Oh, vamos, léalo en mi cara, "Dé-je-me-hu-ir". - Está bien, puedes tomar asiento. - ¡Al fin! - Tu pupitre es el que está al fondo. - Llevo la mirada, obviando las demás que siguen fijas en mí, persistentes, para clavar los ojos en dos asientos vacíos, justo en la última fila de la clase. - Hoy tu compañero no ha venido a clase, de modo que el asiento a tu lado tampoco está ocupado. - Algunos parecen entornar los ojos, otros, sin más, bufan y comentan por los bajo "Típico de él."

Parpadeo, perpleja. ¿Qué clase de sujeto es mi compañero?

*****

- ¿Así que eres canadiense? - Los ojos de Iris brillan con tanta fuerza como el sol. No entiendo a qué se debe tanto entusiasmo por mi procedencia, pero lo cierto es que logra arrancarme una sonrisa.

- Bueno, solo en parte. - respondo, jugando con las mangas de mi camiseta, doblando y estrujando el borde entre los dedos, tapando y destapando mis propias manos escondidas por la tela. - Nací en Alemania, en Leipzig, concretamente, pero con solo dos años nos mudamos, así que se puede decir que mi vida transcurrió enteramente allí. - La pelirroja parece sorprendida. Con mirada cansada, mi vista se pierde en el patio.

Había empezado a hablar con Iris tras la clase del señor Farrés. En realidad, ella se había acercado a mí, supongo que por cordialidad y simpatía, pero había resultado agradable, al menos, contar con alguien y no sentirme tan desamparada. Nathaniel, además, se había acercado una vez había sonado el timbre que anunciaba el descanso, pero se tuvo que disculpar puesto que sí había sido cierto que la directora requería de él para poner al día cierto papeleo. Así pues, de no ser por Iris, supongo que hubiese pasado sola este rato libre. Sin lugar a dudas no hubiese sido bueno para mi mente. Mantenerme ocupada, distraída, surte efecto. Quizás debí de haber hecho caso antes a la buena de la tía Sophie pero, parte de mí, necesitaba ese tiempo no solo para remendar mis propias heridas, sino como un pequeño silencio en homenaje a los ausentes.

- ¿Pasa algo? - Tardo todavía unos segundos en desviar la mirada, todavía concentrada en algún recoveco del patio, perdida entre el bullicio del mismo, antes de volver a mirar a mi compañera. Tuerce el gesto, preocupada.

Taciturna, trato de recobrar la sonrisa extraviada. - No, todo está bien, tan solo estaba pensando... - Suspiro. Es mejor dejarlo estar. Niego con la cabeza mientras estiro las piernas, sentada sobre uno de los escalones de las escaleras de acceso. - No te preocupes, no tiene importancia.

La chica no insiste. O bien respeta mi espacio o simplemente no quiere incomodarme. Permanecemos en silencio un buen rato, simplemente observando a los estudiantes, o perdiendo la mirada en un cielo que comienza a encapotarse. Luego, Iris parece interesada en repasar la lección de lengua dada esta mañana. El tiempo pasa mientras revisamos los apuntes y, justo antes de que suene el timbre que indica el retorno a las aulas, una especie de melodía llega hasta mis oídos.

¿Son lo que suenan..., acordes de una guitarra?

El timbre suena entonces sobre nuestras cabezas, los estudiantes comienzan apelotonarse. Sin embargo, mi mente está puesta en otra cosa.

- Lyssandra, ¿me oyes? Hay que volver a clase.

- Sí... - asiento de manera distraída. A pesar de ello, yo no estoy pensando en las clases ahora mismo. Hay otra necesidad imperante, algo que, de pronto, es crucial. - Ve adelantándote, ahora voy.

Iris parece dubitativa durante unos instantes pero, finalmente, al ver que yo, ya en pie, no tengo ninguna intención de seguirla, opta por entrar. Espero unos minutos, unos frustrantes momentos hasta que el patio vuelve a estar en silencio, hasta que, ese suave mutismo, es roto únicamente por las cuerdas de una guitarra. Mi corazón da un fuerte vuelco en el pecho. Hace dos tortuosos meses que no he vuelto a escuchar los acordes de una guitarra, dos meses en los que la propia Dafne ha estado forzada a permanecer muda. Pero no es solo el simple sonido, no es solo la mera sensación que despierta el escuchar ese instrumento.

Es el hecho de que yo conozco la melodía que suena.

Las notas se clavan en mi pecho, lo martirizan y endulzan a la par. Mis pasos tambaleantes, cobran ritmo, se acercan a la carrera, y la respiración se me quiebra a medida que las notas se suceden. Tan suave, tan dulce, tantas noches durmiéndome mientras le pedía que la tocase para mí una sola vez más. Acelero el ritmo, más rápido. Todavía puedo escuchar las notas con suavidad flotar en el aire. Un traspiés, pero logro mantener el equilibrio. La suavidad de la melodía empieza a tornarse eco. Giro la esquina del edificio, casi llego hasta ella, solo un poco más...

Pero, cuando finalmente mis pies llegan hasta el origen de aquella dulce guitarra, el viendo ya se ha llevado hasta el último acorde. Nada, no queda nada, no hay nada. Una brisa de aire gélido alborota mi melena. ¿Habrá sido él? ¿Se acordará de mí desde lo alto? ¿O sencillamente mi mente ya roza la locura? "Papá..." Y, sin más, esa palabra lo inunda todo, esas dos únicas sílabas se repiten, incesantes, en una cabeza demasiado cansada para seguir luchando.

Me giro, decaída, tal vez desilusionada por una búsqueda infructuosa. Aunque, realmente ¿qué pensaba encontrar? ¿Pensaba verlo a él? O, tal vez, tan solo me movía el sentimiento de comprensión, de saber que, quizás, alguien más sigue rindiendo homenaje a su memoria.
Mis pasos, sin darme cuenta, ya vuelven a dirigirse  de vuelta hacia la puerta de entrada al instituto. Me siento cansada, agotada, como si llevase años caminando. Trato de consolarme con que tan solo quedan un par de clases, con que, al fin y al cabo, no es tan temible como me lo imaginaba...

Pero, cuando veo aquel bulto en las escaleras, algo en mi interior me dice que no es así. Avanzo, solo un par de pasos más, y ese bulto se convierte en mis cosas, hechas jirones, destrozadas, completamente masacradas y esparcidas como restos inservibles sobre el hormigón. Mi cazadora, su cazadora, yace descosida y rasgada bajo un cartel que reza "FUERA ESCORIA."

Mis piernas ceden. Caigo de rodillas. Si bien antes estaba cansada, ahora me encuentro derrotada. Me han arrebatado todo, me han despojado incluso de su abrazo, de la calidez de lo poco de él que me quedaba y que me hacía sentir protegida, segura, que hacía que lo sintiese un poco más próximo a mí en mi batalla contra el mundo. Pero ya no existe batalla, ya no hay nada que me sostenga. Las lágrimas, una vez más, caen, silenciosas, por mis mejillas, mientras un cuerpo dolorido de descompone por cada llanto que escapa de mi boca.

Quizás de no haber estado cegada por el lloro; quizás de haber vuelto durante unos segundos la cabeza, hubiese llegado a vislumbrar su silueta, una silueta que se detuvo cuando encontró a una chica sollozando, una silueta que asía una guitarra, una silueta que vaciló unos instantes y que, después, se alejó, en silencio, sin interponerse en el dolor, volviendo a callar una canción que sonó como preludio del nuevo sufrimiento.

Y, entonces, una melena roja se perdió entre la última brisa de aire.




*Título del capítulo dedicado a la canción de I hate it when you see me cry, de Halestorm.*


IN THE MIDDLE OF THE NOTHING

CAPÍTULO 2: EL PROBLEMA ERES TÚ

- ¿Te encuentras bien?

Las pulsaciones de mi corazón, poco a poco, vuelven a su ritmo habitual. Mi respiración, del mismo modo, se sosiega ante el simple hecho de un agarre protector, tranquilizador a pesar de venir de un completo desconocido. Parpadeo repetidas veces, tratando de aclarar mis propias ideas después de haber perdido el control sobre mí misma de manera tan vergonzosa. Me siento como una cría que se hubiese extraviado entre los espantosos pasillos de un inmenso centro comercial. Trago pesado, un impulso con el que trato de espantar los últimos resquicios de nerviosismo, asintiendo a la vez.

- Tan solo un tanto..., perdida. - respondo al muchacho tras tomarme unos segundos, notando yo misma la dilación de mis palabras. Estudio sus rasgos de refilón, apartando la mirada cada poco, dirigiéndola alternativamente de un lugar del pasillo a otro; todavía se sucede el pelotón de estudiantes alterados. - Soy nueva, es mi primer día... - explico, sin demasiado entusiasmo. Sé que este hecho, al igual del que han transcurrido ya varios meses desde el comienzo del curso, me califica ya de entrada como un nuevo "bicho raro". Mi indumentaria descuidada de hoy supongo que no sirve para tratar de contrarrestar esta primera impresión.

Sin embargo, a pesar de la mueca de desagrado ante mis palabras, a pesar de mi estado cabizbajo, de mis titubeos y vacilación, cuando vuelvo nuevamente la mirada hacia el chico, este me dedica una cálida sonrisa. Sus rasgos, me doy cuenta ahora, son atractivos para cualquiera con dos ojos de frente, destilan una cordialidad que parece ser innata en él, por cada gesto o palabra que escapa de su boca.

- Ah, ya veo, así que eres tú. - Frunzo el ceño, mirándole con una clara expresión interrogante que debe de resultarle graciosa, puesto que una ligera risa escapa de sus labios. Por algún motivo, es de lo más agradable. - La directora me puso al corriente de que iba a llegar una alumna matriculada a mediados de trimestre, lo cual es extraño, no se suelen admitir matrículas a estas alturas del curso... Pero supongo que estamos ante un caso especial. - Acentúa la sonrisa, pero mis comisuras no llegan siquiera a elevarse. No obstante, no parece molestarle ni sentirse ofendido por ello. Acto seguido, con lo que parece ser una mirada de disculpa, añade. - Perdona, no me he presentado todavía. Me llamo Nathaniel, Nathaniel McMann, y soy el delegado responsable.

"Bueno, parece que he tenido suerte." Le dedico entonces una escueta sonrisa, a modo de saludo y tratando de corresponder, con poca desenvoltura, a su presentación. Le tiendo la mano, sintiéndome luego completamente estúpida.

- Lyssandra Morrison. - contesto, estrechando su diestra unos escasos segundos. "Y así es, señoras y señores, como se comporta una gilipollas."

Una chispa de diversión parece relucir en sus ojos dorados. Su sonrisa se tuerce ligeramente, como tratando de ocultar una nueva y feble risa. El tacto de su mano, cálido, parece lanzar una leve corriente eléctrica que hormiguea en las yemas de mis dedos.

- Encantado, Lyssandra. Ven, pondremos en orden el papeleo.

*****

La agilidad con la que trabaja Nathaniel, sin duda, es digna de admiración; es de esperar que, teniendo en cuenta su competencia, le hayan dado el cargo como delegado. No pude evitar cavilar en ello mientras poníamos en orden la matrícula, lo cual, gracias a él, no nos ocupó más de unos minutos, tras lo cual, debido a mi plena desorientación en este lugar, se ofreció a acompañarme hasta mi primera aula. Le agradecí el gesto, a pesar de que no tendría por qué molestarse. Ahora que estamos frente a las taquillas, próximos a la clase, me doy cuenta de que el rubio parece un chico un tanto testarudo cuando a caballerosidad se refiere.

- No era necesario. - farfullo, colocando mi chaqueta y el resto de mis pertenencias dentro de la taquilla que se me ha asignado. Su sonrisa es realmente contagiosa, sin duda, tanto, que me encuentro a mí misma devolviéndosela, aunque sea de un modo más leve y comedido.

- Vamos, no es nada, además mi clase está justo en frente. - indica, con un suave gesto de cabeza. Hace una pequeña muestra de desagrado. - Es una lástima que no te hayan asignado el mismo grupo. De todos modos, estoy seguro de que es cuestión de tiempo que conozcas gente.

"Yo no estaría tan segura..." Me inquieto. - Nunca he estado en un instituto. Desde niña, me han dado clases profesores particulares, en..., casa. - confieso. Supongo que la palabra "casa" es la que más se acerca. Suelto un suspiro. Va a resultarme extraño este cambio de dinámica, sin duda, y mi cabeza todavía no está completamente despejada como para dar lo mejor de sí. Como muestra de ello, mi vista vuelve a perderse en el pasillo, taciturna. Es entonces cuando reparo en otra cabellera rubia, larga, ondulada, y unos ojos verdes que me sondean de manera afilada. Quizá se trate de un error, puede que me esté haciendo una idea equivocada. Pero toda duda queda despejada en mi mente cuando esa chica emprende el camino hacia mi dirección.

Esas pupilas todavía me evalúan cuando ya está a unos escasos pasos. Tras ellas, otras dos pares, dos nuevas alumnas que muestran la misma mirada que la primera, la acompañan. "¿Pero qué cojones les pasa?"

- Nathaniel - habla la rubia, cuyos ojos, en una milésima de segundo, dejan de reflejar puro desprecio para parecer un cordero degollado. -, ¿quién es tu nueva amiguita?

- Ámber – El rubio se dirige a ella con una mirada de soslayo, parece que su presencia no le haya sorprendido, ni tampoco si tono repipi y excesivamente infantil -, ella es Lyssandra, es nueva y la estaba orientando un poco. Lyssandra, ella es mi hermana pequeña, Ámber.

Trato de sonreír, de transmitir cierta amabilidad, obviando sus gestos desdeñosos y altanería. Sin embargo, esa mirada continúa ahí, inmutable, una vez se vuelve una vez más hacia mí. Si pudiera atravesarme con la misma, lo haría, claro que sí, y mi aturdimiento solo es comparable con mi creciente desasosiego.

Porque esa mirada verdosa refleja un mensaje claro que mi mente trasmite a todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo: amenaza.




*Título del capítulo dedicado a la canción de Problems, de The Sex Pistols.*



~ Everybody's Fool ~

Pasos indecisos que fingen ser firmes, una máscara de seriedad, indiferencia, que trata de camuflar un creciente nerviosismo. Pánico, temor. Una emoción completamente irracional y que se ha hecho con el control total de mi cuerpo. Mis manos se han convertido en puños en el interior de los bolsillos de mi gabardina; tras los cristales de las gafas de sol, mis ojos desbordan en una espiral de emociones que abarcan desde la más profunda cólera al más puro miedo. "¿Miedo de qué? ¿Miedo por qué?" Porque me conozco, me conozco demasiado bien como para saber las repercusiones que pueden traer mi maldita aceptación de esa proposición que jamás debí haber permitido. "Debiste haberle arrancado la lengua por el mero hecho de atreverse a decir algo semejante."


Pero no, como siempre obro por pura arrogancia, por pura vanidad. Me digo que ya he dado un paso y que, por ello, ya puedo dar veinte, y ahora debo hacer frente a unos acontecimientos que tal vez traigan la desgracia para varias decenas de personas. - Tks... - bufo, sin poder evitarlo, mordiéndome el labio con tal fuerza que la boca termina por saberme a cobre. Lo cierto es que no me apetece, no deseo un escándalo público. No. No porque tenga algún tipo de remordimientos, no porque la idea de sus cuerpos destrozados despierte algún tipo de lástima en mí. Sencillamente, no quiero destruir el tan ínfimo esbozo de vida normal, real, que he conseguido tras más de 250 años.


La tenue luz del atardecer guía nuestros pasos hacia esa condenada biblioteca. La primera vez que me muestro en público, tal vez la última. El editor me suplicó que aceptase algo que el público lleva pidiendo desde hace años, que la afamada Lyssandra Bardoux, la Dama Negra, salga de su cueva y deje mostrar su rostro al mundo. Qué me importa a mí ese mundo, esa sociedad que está todavía más podrida y contaminada que en mis tiempos de humana. Pero, nuevamente, por ese retazo de mí que da desesperadas bocanadas de aire para seguir respirando, seguir viviendo de manera más o menos normal, he accedido, sin pensar siquiera, creyéndome menos vulnerable por el simple hecho de aprender, aunque todavía de manera reciente, lo que es nuevamente la convivencia.

Escucho su voz, a mi lado, con ese tono informal y tan despreocupado que, ahora mismo, le envidio. Sí, por eso está aquí, por eso mi mandato ha sido que me acompañase, a toda cosa; una orden directa que no puede, por su condición, rechazar. - No me preocupan los presentes, tienes razón, pero me preocupa mi condición de vida, y un espectáculo de carnicería supondría mudarme, aguantar que los medios de comunicación hablen sobre mí durante saben los infiernos cuánto tiempo. Así que sí, estás aquí para, en el peor de los casos, frenar una carnicería asegurada. - Lo miro de reojo, con las gafas de sol oscuras, con una seriedad absoluta y sin rasgo alguno de broma. - Eres el único que puede hacerlo, a fin de cuentas.


La gente comienza a aumentar en número, a medida que nos vamos acercando al lugar en cuestión. Wolfy también lo nota; es más que evidente que la biblioteca va a estar atestada. ¿Cuánta expectación puede llegar a causar una sola persona? Mucha, por lo que veo. Escruto a todos los transeúntes con ojo lince, queriendo formar un patrón, un canon de los usuarios que van a estar presentes. Pero nada, el público es tan diverso que no hay por dónde cogerlo. Tanto adultos hechos y derechos como mocosos, adolescentes que avanzan en pandillas entusiastas. Inaudito. Tan solo me hace afirmarme en mi hipótesis, puesto que estamos hablando de personas que disfrutan leyendo libros donde las víctimas son devastadas de manera tan visceral que las torturas de la antigua Inquisición con minucias. "Este mundo está podrido."


La voz del demonio continúa fluyendo, de manera ocasional, hasta mí. En el estado de alteración en el que me hallo no estoy segura de que sea lo más aconsejable hablarme. Sin embargo, al dejar un intervalo prudencial entre cada frase, tampoco me incordia en extremo. Supongo que él también es consciente de mi estado y prefiere andarse con pies de plomo. - No. Para nada lo estoy. La última vez que estuve en alguna especie de acto público yo todavía respiraba y las mujeres no podían mostrar los tobillos sin ser consideradas rameras.


Es inevitable. Ya no hay marcha atrás. El edificio que conforma la biblioteca pública que alza frente a nosotros, en unas puertas que ya dejan entrever, tras las grandes cristaleras que se extienden hasta un tercer piso, los concurridos pasillos. La estructura diáfana deja a la vista todo el interior, elegante y sofisticado, incluso las escaleras que comunican todas y cada una de las plantas. En la primera planta, la cual es la que más número de visitantes recibe, se percibe el movimiento del personal para ultimar mi llegada. Suspiro. Bien, ahora solo puedo confiar en la suerte y en mi propia capacidad para amansar a mis demonios internos.


- ¡Señorita Bardoux! - Un hombre alto, bien vestido y con un aspecto un tanto pedante, se acerca a mí con un andar grácil y de aires sofisticados. Sin duda debe de ser el dueño del establecimiento, nadie es tan estirado si no es el propietario. Es lo habitual. - Me siento tan honrado de que haya elegido este lugar para su aparición. Es usted bellísima, si me permite el atrevimiento. - El hombre en cuestión, cuyo bigote oscuro, castaño, al igual que su cabellera, me pone histérica por algún motivo, toma mi mano sin la menor invitación a ello y la besa repetidas veces. Error; un gran error. ¿Acaso piensa que alguien como él puede cometer la desfachatez de tocarme?


"Me da asco." Grita una voz en mi cabeza, una voz que yo bien conozco, que brota dentro de mí, lenta y silenciosamente, la voz de esa locura que comienza a acechar y que solo conoce un modo de saciar su sed."No. No ahora. Ya me encargaré de saciar tu sed más tarde." Con este pensamiento, con esta pobre manera de querer contenerme a mí misma, aparto la mano de ese hombre, con brusquedad, mirándolo con un desprecio que no puedo evitar ni disimular.


- Si no le importa, ahórrese ese tipo de acciones. - le espeto, apartando las gafas de mis ojos para poder sondearlo con la mirada. Es todo cuanto necesito para conseguir que éste se muestre mucho más cauto y atemorizado. Sin pudor alguno, rodeo el brazo de Wolfy, atrayéndolo ligeramente hacia mí. - Solo este hombre puede tocarme bajo mi consentimiento. Llámelo caprichos de escritor escrupuloso. ¿Puede mostrarnos a hora la sala donde se va a realizar la rueda de prensa, si es tan amable?


- Sí, claro... - La sonrisa en el rostro del susodicho se borra de un plumazo, sustituida por una mirada suspicaz. Eso, aunque sea de manera muy ínfima, me relaja y agrada.

Todavía asida al brazo de mi esclavo, avanzo al interior, notando las miradas volverse bajo nuestro agarre. Durante unos segundos es como volver atrás, al pasado, a aquellos años en los que mis pies recorrían suntuosas pistas de baila, cogida del brazo de uno de los tantos hombres que se denominaban mis pretendientes y se sorteaban mi mano en matrimonio como si fuese carnaza. Durante unos tortuosos segundos, vuelvo a experimentar lo que es ser víctima de el escrutinio de un público necio e insípido, vulgar, solo que mi paciencia y compostura no es la de antes, porque hace tiempo que mi buena cordura, o más bien la ausencia de la misma, me ha privado de ello, sobretodo más de dos siglos de una reclusión prácticamente total. Me aferro con mayor fuerza al brazo de Wolfy, tratando de aparentar de lo que carezco, intentando por todos los medios mantener la mirada al frente, mostrar una indiferencia que me gustaría experimentar en lugar del molesto nudo en el pecho, en lugar de ser bombardeada con palabras.


~ Sweet sacrifice ~


"Asco. Repugnancia. Odio. Rencor."

"Asco. Repugnancia. Odio. Rencor."

"Asco. Repugnancia. Odio. Rencor."

"Muerte..."


- Esto va a resultar complicado. - mascullo, repasando con la lengua el contorno de unos colmillos que se han desfundado involuntariamente, movidos por la ira interna que reverbera en mis entrañas. "¿Recuerdas sus cuchicheos al poco de morir tu hermana? Decían que desapareciste porque tú eras la culpable. Siempre habías sido la oveja negra de las dos, la hermana que sobraba. Dijeron que, por celos, tú la habías matado, que tú eras culpable de que la sangre y el cuerpo de tu hermana manchase el agua del lago."


"Ya basta."


Me guían hacia una mesa, hacia la cual avanzo como una autómata, sentándome en una silla y limitándome a mirar sin mirar a la gente que me escruta y comenta sin pudor, con unos ojos que vagan de la admiración y entusiasmo a la lujuria y pura morbosidad. "Te juzgan, piensan sobre ti sin ni siquiera conocerte, divagando a través de lo que tus novelas dejan entrever. Eres como un monstruo de circo, algo con lo que llenar pobremente el vacío que tienen sus insistencias insignificantes." Las preguntas de los reporteros es lo primero que rompe los murmullos por los cuales se vio inundada la sala. Inspiro, trato de contestar con la mayor serenidad de la que puedo hacer gala. "Ya lo he hecho antes. Fingir, gracias a mi buena madre, interés y amabilidad, no debería resultarme complicado." Solo repitiéndome este pensamiento hasta la saciedad consigo aguantar, sonreír incluso y hacer algunos comentarios jocosos. Pura mascarada, pura y vil falacia, pero a fin de cuentas es lo que ellos quieren. El ser humano no busca la verdad, tan sólo quiere que sigan sustentando las brumas de necedad en las que viven, desarrollan y acaban pereciendo. "Patético. Son seres tan inferiores que podrías terminar con ellos con un simple pisotón." 

"Escoria. Inmundicia. Insectos. Marionetas huecas y prescindibles." Trato de mantener la sonrisa en los labios, pero bien sé que no me será posible como mis pensamientos sigan oscureciéndose de este modo. Miro durante unos instantes al demonio, de manera disimulada, queriendo asegurarme de que esté cerca si, en el peor de los casos, yo no soy capaz de continuar con esto. "¿Por qué no hacerlo? Adelante, vamos, lo deseas. El único motivo por el que sus insignificantes vidas tienen algún sentido es para poder hacer de surtidores; meros recipientes de tu propio sustento. Vamos, lo sabes, lo notas, lo captas; es el dulce palpitar de sus venas, es el delicioso deslizar de su sangre por todo su cuerpo. Lo quieres, lo anhelas, lo necesitas. Sabes lo que es el placer de la caza, la adrenalina exteniéndose por todo su sistema mientras te sacias, mientras dejas que la carne ajena ceda a tus caninos, el deleite que proporciona el carácterístico ceder de la piel, notar como se desgaja con cada tirón, como el cuerpo ajeno..."


"He dicho que ya basta."

En un parpadeo, los asistentes han empezado a formar una cola frente a mí, con miradas soñadoras y unos nervios que hacen palpitar sus corazones de manera demasiado tentadora. Me ciega, me inquieta; las muñecas que la primera mujer, una muchacha, identifico cuando alzo la vista hacia ella, una simple adolescente. Sus ojos, resaltados por el fuerte maquillaje negro que los rodean, están excesivamente abiertos, al igual que esa sonrisa que despunta de manera repleta de éxtasis. Me tiende el libro con torpeza, mientras risotadas desagradables escapan de sus labios. "Patético. Desagradable. Sabes que ni siquiera cabe la más remota posibilidad de que despierte algo de agrado en ti."


- ¡Oh, Dios! ¡No sabes cuánto tiempo deseé este momento! ¡Me encantan tus libros, los adoro! ¡Realmente eres la mejor!

"Escoria. Inmundicia. Insectos. Marionetas huecas y prescindibles." Mis ojos ni siquiera vuelve a hacer el esfuerzo de querer volver a mirarla. Trato de asir la pluma, pero mis puños se encuentran cerrados, tensos, tiemblan del propio ansia.

- ¿Podrías dedicármelo? No quiero ni imaginarme la cara de mis amigas cuando lo vean. Es decir, ¡lo ha firmado la Dama Negra!

"Cállate. Cállate. Cállate. Simplemente, cállate."


No puedo contenerme por más tiempo.

Me alzo, con violencia. Todos los presentes fijan la mirada en mí, enmudecen. Me da lo mismo, no me importan, no me interesan. Me dan asco. Todos ellos. Incluso esta estúpida niña que no hace más que despotricar. Todos son inmundicia. Escoria.


- Ahora vengo. Necesito ir al servicio. - Realmente no pensé tener la fortaleza para contenerme, siquiera, aunque realmente no lo hago, porque mi paso acelerado, apresurado, a todas luces deja ver hasta qué punto se reduce mi fuerza de voluntad. "Das pena. Has perdido tanto durante estos años. ¿En qué te has convertido? ¿Qué ha sido de la depredadora que gozaba en demasía de su caza? Todavía lo quieres, todavía lo deseas."


Entro en los servicios dando un portazo, sin molestarme siquiera en encender las luces. Ando de un lado al otro, no puedo parar. Soy una fiera enjaulada, una fuera que ruge sin control y quiere salir. "Lo deseas. Lo necesitas." Apoyo las manos en el mármol de los lavamanos, mirando con fijeza en el reflejo que me devuelve el espejo. Ni siquiera me reconozco, ni siquiera puedo ver lo que un día fui. Solo veo un animal, un monstruo, un monstruo que chilla y araña mis entrañas para poder salir. Un monstruo que me sonríe al otro lado del cristal.

"Sabes que tienes que ceder. Sabes que es lo que tú también necesitas."

- ¡CÁLLATE! - Y mis manos golpean el cristal, lo parten en mis fragmentos mientras el intenso líquido rojizo resbala de entre mis dedos, gotean sobre la pileta de mármol blanco. Tiemblo, tiempo porque mi cuerpo sabe que esa voz tiene razón, porque yo misma sé lo que soy y lo que intento negarme.

Un monstruo.

Y eso me aterra más que nada en este mundo.

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